Irene García creció viendo a los hombres voladores de su pueblo. En el poblado montañoso de Cuetzalan, Puebla también soñaba con volar algún día. “Toda mi infancia los ví volar y danzar en el centro, muchos años”, recuerda. Un día, cuando tenía 16, se acercó a esos danzantes que tanto le imponían: “Les fui a preguntar y les dije que quería volar, otras compañeras también fueron, la diferencia es que ellas eran de herencia, de descendencia de danzantes. Yo no”.
Hace 18 años, cuando empezó como voladora, la mentalidad de los hombres danzantes ya estaba cambiando, sobre todo de los más jóvenes, quienes comenzaban a aceptar compañeras entre sus filas. Ser admitida fue relativamente fácil con ellos, el problema fue con su familia: “Me dijeron que estaba loca, ‘no vas a subir, no vas a ir’; en mi familia, en lo personal, creo que no hay machismo: a las niñas nos consintieron y a los hombres los hicieron trabajar duro, su rechazo era de protección”.
El caso de Jocelyn de Jesús Mora Chávez fue diferente. Desde su abuelo, todos los hombres de su familia han sido voladores. “Me integré a la danza cuando tenía como ocho años más o menos; ahora sí que crecí dentro de esta danza, la mayoría de mi familia estamos involucrados, entonces fue como irme inculcando los valores de la danza, desde chiquita”.
Ella también es de Puebla, pero de la localidad de Xochiapulco. La exclusión como mujer danzante no llegó ni de su familia ni de su pueblo, sino de otros lugares. “La primera vez que los voladores del Tajín nos llevaron, el primer año que fuimos a volar, por ahí de 2006, no participamos las mujeres porque ellos tenían muy arraigada la idea de que la mujer no podía involucrarse en ese tipo de eventos”.
El rito de los voladores ha pasado de generación en generación desde la época prehispánica y aún sobrevive en México y Guatemala, pero fue desde aquí donde se promovió como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, en 2009. El ritual está asociado a la fertilidad: cuatro danzantes representan los puntos cardinales y descienden en forma circular de un palo de más de 20 metros de altura, mientras un caporal guía el ritual, tanto en tierra como en la cima, danzando y tocando una flauta de pico de tres orificios.
DANZA DE LA FERTILIDAD
Irene calcula que cada año “vuela” unas 50 veces. Dice que tuvo suerte porque cuando comenzó “los hombres también eran jóvenes igual que yo, y ya no eran tan machitos, pero los danzantes viejos nos decían: ‘no, tu no danzas’. Te preguntaban: ‘¿estas en tus días?, entonces no puedes danzar’. Pero algo que me llevó a no hacerles caso es que no puede ser posible que no estemos nosotras cuando es una danza que habla de fertilidad, de dualidad, de una semilla que crece en la tierra con tu cuidado”.
Además de danzante, es ama de casa y trabaja en una empresa, tiene dos hijas y una de ellas, la de seis años, ya comenzó en la danza. “Los primeros tres años de la danza los viví sola, sin el apoyo de mi familia, fue difícil, pero eso me llevó a seguir, fue pasión, se volvió mi vida, la sensación que tengo al volar es de libertad. Cada vez que me toca danzar, no soy esa señora que va por la calle, soy diferente, soy especial”, dice.
Jocelyn también tiene un hijo volador de siete años; ella tiene 26 y ha pasado 16 danzando. “Yo vuelo en mi comunidad cada vez que hay fiesta patronal o se celebra a algún santo, también en cada inicio de año; volamos para darle gracias a Dios por el Año Nuevo, para que nos traiga prosperidad, salud… pero en lo personal yo me encomiendo a mi familia, cuando voy a subir a volar ofrezco mi vuelo a cambio de que tengan salud los míos, a los que quiero”.
- Las voladoras consideran que no hay un tiempo definido de preparación
- Consideran que hay un llamado interno que les indica cuándo es el momento
- La elección del árbol para el rito, y su siembra, sigue siendo exclusivo de los hombres
- La mayoría de los danzantes empiezan como parte de la herencia familiar
- Hombres y mujeres comienzan a realizar sus primeros vuelos en un palo de 10 o 12 metros
- Cada descenso es de 13 giros, que multiplicados por cuatro son las 52 semanas del calendario azteca
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