El Programa de Gestión Hídrica de la Comisión de Cuenca del Norte plantea dejar atrás el monitoreo reactivo y atender las causas de la contaminación y deterioro del acuífero kárstico de Quintana Roo.
Por Alejandro García > Quequi
Cancún. La crisis hídrica del norte de Quintana Roo dejó de ser un diagnóstico repetido y se convirtió, por primera vez, en un mandato técnico, así quedó claro en la junta mensual de agosto, donde Diego Fernando Basto Estrella presentó el Programa de Gestión Hídrica de la Comisión de Cuenca del Norte, un documento que rompe con la inercia de medir efectos y obliga a intervenir en las causas que están deteriorando el acuífero kárstico de la península.
La exposición no fue un informe más, sino una advertencia directa para quienes diseñan, dictaminan y operan infraestructura hidráulica en la región. Durante años, el monitoreo oficial se ha concentrado en indicadores bacteriológicos, una práctica que el programa califica como insuficiente porque solo detecta el daño cuando ya ocurrió.
La propuesta es cambiar el eje de análisis hacia el balance hidráulico y la remoción de nutrientes, específicamente nitrógeno y fósforo, los dos elementos que, al descontrolarse, degradan de manera irreversible la estructura del subsuelo poroso que sostiene la vida y la economía del estado.
Aunque el programa se articula en cinco pilares -Gobernanza, Derecho al Agua, Ciclo Hidrológico, Vulnerabilidad y Sostenibilidad- su fuerza operativa está en tres ejes que redefinen el trabajo técnico de los colegiados.
El primero, Auditoría de Realidad, implica un levantamiento exhaustivo de todas las plantas de tratamiento públicas y privadas en los seis municipios de la cuenca, con un objetivo incómodo pero necesario: identificar cuáles cumplen realmente con la NOM-001-Semarnat-2021 en remoción de nutrientes y cuáles operan con déficit.
No se trata de revisar papeles, sino de medir desempeño hidráulico, un terreno donde el CICC funge como órgano técnico independiente. El segundo eje, Última Milla, aborda el problema más evidente sobre el terreno: fosas sépticas infiltrando directamente en un subsuelo que conecta cada descarga con cenotes y ríos subterráneos.
La solución es la conectividad total mediante cárcamos y red cerrada, pero requiere priorizar inversiones, identificar zonas con infraestructura disponible, pero sin conexión y definir esquemas de financiamiento municipal.
El tercero, Economía Circular del Agua, traslada la ingeniería al terreno normativo: Propone actualizar los reglamentos de construcción para exigir extracción regulada, tratamiento in situ y reúso obligatorio en desarrollos inmobiliarios. Menos presión sobre el acuífero, menos degradación.
El tablero de gobernanza del programa muestra avances: 36 acuerdos asumidos, 31 cumplidos, una eficiencia global del 86%. Sin embargo, también exhibe la fragilidad institucional: Cinco acuerdos siguen en proceso y 19 instancias -ayuntamientos, sector privado, dependencias públicas, academia y organizaciones civiles- no han entregado sus análisis.
La Sesión Extraordinaria del 21 de agosto será el punto de inflexión para socializar el documento y cerrar brechas de coordinación. Las líneas estratégicas en curso -Monitoreo, Protección, Estructura y Planeación- avanzan con acciones concretas: rehabilitación de redes de monitoreo, evaluación de PTAR en Puerto Morelos, coordinación entre CICC, Aguakan y CAPA, y la integración final de aportaciones municipales al Programa Detallado de Acciones.
El reto ya no es identificar el problema, sino asumir que la ingeniería en Quintana Roo debe operar bajo un nuevo paradigma: resolver la causa antes de que el acuífero llegue a un punto sin retorno.










